El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Había calculado mal la distancia que le separaba de la mona. En lugar de ir a caer en la hoja flotante en que la mona se había refugiado, cayó unos dos pasos más atrás, y se sumergió levantando un montón de espuma.

—¡Se ha llevado chasco el glotón! —exclamó García, muy contento del resultado de aquella escena.

—¡Poco a poco, querido! —le contestó Alvaro—. Cuando ese animal se ha arrojado al agua, es señal de que es un buen nadador, y la mona no ha llegado todavía a la otra orilla.

En aquel momento se produjo en la superficie del agua un gran movimiento de espuma, y en seguida se oyeron los ahogados aullidos de la fiera mezclados con ruidos estridentes que parecían proceder de algún otro animal.

—Parece que la fiera está luchando con otro bicho —dijo Alvaro, inclinándose sobre la orilla para observar mejor lo que pasaba.

De repente una cola o, mejor dicho, un bulto negruzco de forma cilíndrica apareció sobre el agua, replegándose en seguida; después vio el jaguar, pero no libre.

Una enorme serpiente le había envuelto entre sus anillos tan fuertemente, que amenazaba ahogarle.


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