El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Era una sucuriú, llamada también boa anaconda, el más enorme de los reptiles brasileños, que no suele tener menos de trece o catorce metros de largo, y que hace su morada en el fondo de los ríos.

Aunque no es venenoso, lo mismo que las serpientes pitón tiene tal fuerza compresora, que fácilmente puede ahogar a un buey entre sus anillos.

Quizá al sentirse tocada por el jaguar, que al sumergirse con la fuerza de la caída debió de llegar hasta el fondo del río, se había apoderado de él.

El reptil y el carnívoro, a cual más formidables, luchaban con furor, tan pronto saliendo a flote como sumergiéndose.

El primero seguía estrechando a su presa y trataba de quebrantarle las costillas y el espinazo; el segundo, loco por el dolor, mordía y desgarraba ferozmente la piel de su adversario.

La sangre de la boa teñía el agua; pero ella, segura de su victoria final, no aflojaba sus anillos.

Durante algunos instantes se revolvieron juntos en la superficie del agua, oyéndose los desesperados maullidos del uno y los silbidos del otro. Después ambos desaparecieron en una ancha mancha de sangre, y no volvió a vérselos más.

—¡Pardiez! —exclamó Alvaro—. ¡He ahí unos enemigos de los cuales debemos guardarnos en adelante!


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