El hombre de fuego
El hombre de fuego El portugués y el grumete se volvieron atónitos, creyendo haberse engañado. Ambos hablaban bastante correctamente el castellano, lengua muy difundida en aquella época, como lo es hoy la francesa, y comprendieron perfectamente aquella frase.
Un hombre con la sonrisa en los labios y los brazos cruzados sobre el pecho los contemplaba entre dos grupos de arbustos.
Tendría como cuarenta años, buena estatura, y llevaba larga barba y cabellos todavía más largos, le caían sobre la robusta espalda.
Aunque fuese bastante oscuro de color, su perfil muy regular, su talle y sus ojos, que no eran pequeños ni tenían la ligera oblicuidad que distingue a los de las razas indias, mostraban que no pertenecía a la raza brasileña.
Sin embargo, iba ataviado como los indígenas. Llevaba en la cabeza una diadema de plumas de ánade, un taparrabos hecho de fibras vegetales entrelazadas y relucientes como si fuesen de seda, collares y brazaletes formados con dientes de caimanes y de otros animales feroces, y en el pecho un raro trofeo que parecía compuesto de vértebras de serpientes.
—¿Indio o español? —preguntó Alvaro poniéndose a la defensiva y haciendo señas a García para que preparase el arcabuz.