El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Cuando alguno se salía de tono, el director le suministraba una sonora bofetada, obligándole a callarse.

—¡Acabemos! —gritó el grumete, que ya había llegado debajo de árbol y estaba aturdido por aquel concierto endemoniado—. ¡Abajo el maestro!

No le hicieron caso. Los carayas estaban tan entretenidos con aquel coro infernal, que ni siquiera oyeron la voz del grumete.

—Perderás el tiempo inútilmente —le dijo Alvaro—. Tu voz no puede oírse en medio de este espantoso alboroto. Sería preciso un cañonazo para que lo oyeran.

—Un buen arcabuzazo tendrá buen éxito. ¡Vamos a derribar al maestro!

El señor Correa, que, como ya sabemos, era buen tirador, apuntó durante cortos instantes, y disparó.

El maestro, que estaba aullando con toda su fuerza no sé qué trozo de música simiesca, se quedó con la boca abierta y la voz ahogada; en seguida se irguió estirando los brazos, dio una vuelta sobre sí mismo y se desplomó al suelo, donde quedó muerto.

Espantados sus compañeros, treparon dando saltos a las ramas más altas del árbol aullando desesperadamente.

Ya iba Alvaro a arrojarse sobre el pobre caraya, cuando oyó una voz que exclamaba en lengua castellana:

—¡Caramba! ¡Qué buen tiro!


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