El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Era un pequeña banda de carayas que ocupaban las ramas de una summameira. Esos cuadrumanos son de corta estatura, y sus órganos vocales tienen increíble resistencia, que les permite lanzar gritos capaces de destruir los tímpanos más recios. Hasta los sordos oirían sin trabajo sus terribles alaridos.

También se les llaman miquitos negros, por su oscuro pelaje de reflejos rojizos, que en las hembras es algo amarillento. Tienen barbas en los carrillos, y cola tan larga como todo el cuerpo, que generalmente no pasa de sesenta centímetros. Su garganta que pudiera compararse con un tambor, está dividida en seis compartimentos, lo que da a su voz tal intensidad, que se oye a grandísimas distancias.

Su grito habitual es una especie de rocu-rocu que varían a su gusto, y que se oye a unos cuantos kilómetros. Otras veces gruñen como los cochinos, rugen y maúllan como los jaguares, o aúllan y gritan como seres humanos a quienes se sometiese a tormento.

Sentados en círculo en la bifurcación de las ramas, e ignorantes de la presencia de los náufragos, aquellos seis o siete coristas inflaban enormemente la garganta y modulaban notas cada vez más agudas; después callaban bruscamente para esperar al director de orquesta, que estaba en medio de ellos, y que era el más flaco de todos, pero el que mejor voz tenía y el que daba la nota justa y precisa.


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