El hombre de fuego

El hombre de fuego

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El griterío había llegado a ser tan agudo, que resonaba en toda la selva. Parecía como si estuvieran desollando miles de cerdos.

—¡Vamos a hacer callar a esos importunos! —dijo Alvaro—. Si podemos, daremos algún buen golpe que nos proporcione un asado. El calor ha acabado con nuestras provisiones. La carne de la tortuga hiede atrozmente.

—¿Tendríais valor para comeros un mono?

—¿Y por qué no? Es una caza tan buena como cualquiera otra.

Guiándose por aquellos chillidos, que no cesaban un solo instante, los dos náufragos avanzaron por entre los árboles, llevando bajo el brazo los arcabuces. Desde su encuentro con el jaguar habían comprendido que toda prudencia era poca.

Andando en todos sentidos por la espesura, rodeando los árboles y tropezando en las redes formadas por los sipos y por las raíces, en una hora larga consiguieron recorrer unos quinientos o seiscientos pasos, que los llevaron al lugar donde los concertistas se desgañitaban dando gritos que habían llegado a ser completamente insoportables.

Como Alvaro se había imaginado, aquellos músicos rabiosos eran monos, y no pasaban de seis o siete, por más que alborotaban como si fuesen ciento.


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