El hombre de fuego
El hombre de fuego —Esta es una selva virgen —dijo Alvaro, que hubiera preferido encontrase en una pradera—. ¿Cómo vamos a componérnoslas para guiarnos entre estas plantas, que no dejan pasar siquiera un rayo de sol? Voy creyendo que no va a sernos fácil volver a la bahÃa.
—¿Nos habremos extraviado? —preguntó el grumete.
—¡Me lo temo!
—¿Cubrirá todo el Brasil esta maldita selva?
—Parece que los indios no se toman el menor trabajo por aclararla. Para ellos no hay agricultura.
—Asà lo creo. No la necesitan, porque se comen unos a otros. Además, las frutas abundan en estas selvas.
—Tampoco falta en ellas la caza. ¿No oyes ese estrépito?
De pronto habÃa estallado un alboroto de ruidos agudÃsimos que hizo callar a una bancada de papagayos que charlaban entre las ramas de un cedro. El ruido era tan penetrante que el grumete tuvo que taparse los oÃdos.
—¿Quién arma ese terrible alboroto? —dijo—. ¿Serán quizá animales feroces?
—Deben de ser monos —contestó Alvaro—. ¡Qué garganta tienen! ¿Serán de latón o de cobre? ¡DirÃase que llevan trombones y cornetines en el cuerpo!
—Forman toda una orquesta —dijo riendo el grumete.