El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡El asado está listo! —dijo García en aquel momento.

Separaron del fuego al mono, cuyo pellejo se había vuelto reluciente y tostado como el de un cabrito recién sacado del horno, y lo dividieron en trozos, que colocaron sobre una gran hoja de plátano.

Debemos confesar que los dos portugueses, por más que estuvieran hambrientos, titubearon antes de decidirse a comer de aquel plato, que tenía harta semejanza con un niño asado.

Pero el marinero, habituado a la vida salvaje, y que en su vida debía de haber devorado gran número de cuadrumanos, empezó a comer con el apetito de un caimán, invitándoles a imitarle.

El hambre pudo más que su repugnancia, y arremetieron con el asado, que era excelente.

Vaciaron los dos cucuruchos llenos de un vino agradabilísimo que se asemejaba un poco a la sidra, y después se tendieron bajo el árbol, poniendo las armas a un lado y al alcance de la mano.

—¿Podremos descansar un par de horas sin peligro de ser molestados? —preguntó Alvaro al castellano.

—Los eimuros no suelen andar en las horas de calor —contestó Díaz—. Además, he tomado mis precauciones para que pierdan mi rastro. ¡Muy hábiles han de ser para seguirlo!

—¿Luego os seguían?


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