El hombre de fuego
El hombre de fuego Después de renovar la provisión de agua y de hacer algunos trueques de objetos con los indios, que no se mostraron tan feroces como cuando el viaje de Cabral, el cual, como sabéis, perdió algunos marineros que fueron devorados, la flota se hizo a la vela con rumbo al Sur. Reconoció un largo trecho de costa, haciendo frecuentes desembarcos para plantar cruces en señal de la soberanía de Castilla, hasta que llegó a la desembocadura de un río inmenso, que al pronto tomamos todos por un brazo de mar.
Era el río de la Plata; pero cuando llegamos allí volvió a estallar la rivalidad entre los capitanes. Vespucio y Pinzón se negaron a acompañar a mi capitán, le abandonaron y se fueron a hacer otros descubrimientos.
Lo que fuera de ellos no lo he sabido nunca, porque desde entonces no he visto desembarcar aquí a ningún blanco.
—Estad tranquilo por ellos —dijo Alvaro—, pues volvieron felizmente a España.
—Solís —dijo el marinero reanudando su relato— no quería volver a atravesar el Atlántico sin haber realizado alguna empresa gloriosa, y embarcándose en una chalupa, entró audazmente en el inmenso río. Yo formaba parte de la expedición pues tenía fama de buen piloto, y también de buen arcabucero.