El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Por muchos días seguimos remontando el río, acompañados por muchedumbre de indios que iban por la orilla más próxima, y que nos invitaban a desembarcar.

Pero como todos estaban armados con arcos y cerbatanas, Solís, que a un gran valor unía cierta prudencia, se negaba a desembarcar; y hubiera hecho muy bien el no haber saltado a tierra.

Aquellos salvajes eran los charrúas, indios audacísimos y feroces, que sólo esperaban que desembarcásemos para devorarnos.

Habíamos explorado una buena parte del curso del río, cuando cierto día, habiéndose dispersado los indios, Solís tuvo la desgraciada idea de internarse en el país.

Saltó a tierra en las márgenes de una selva, dejándome a mí con otros seis para guardar la chalupa. Antes de que desapareciese tuve una sospecha.

«¡Señor Solís —le grité—, guardaos de las emboscadas!».

Él me hizo con la mano una señal de adiós, y se internó en la selva con su escasa gente.

Quedamos en la mayor inquietud. La mía, particularmente, era tan grande, que apenas podía sostenerme.

La dispersión de los salvajes, que hasta entonces nos habían acompañado constantemente, no me parecía natural. Presentía una traición y una catástrofe.


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