El hombre de fuego
El hombre de fuego Caminé semanas y semanas a través de bosques inmensos que no acaban nunca, evitando pasar por las aldeas de los indios para no acabar en la parrilla, e internándome cada vez más en el Brasil, hasta que un día fui a caer en medio de un campamento de tupinambás. Sea que el color de mi piel, o mis largas barbas, o mi traje hecho de piel de jaguar, impusieran no sé qué clase de respeto a aquellos salvajes, o sea por cualquiera otra causa, el hecho es que, en lugar de matarme y comerme, me recibieron como amigo. Habiendo muerto pocas semanas antes su hechicero, después de haber sido mutilado por un jacaré, me nombraron para sustituirle; y ahí tenéis explicado cómo vine a convertirme en un pyaie.
Después de transcurrir muchos años, y cuando ya había renunciado a la esperanza de volver a ver una cara europea, los eimuros cayeron sobre nuestro campo y dispersaron a la tribu.
Vencidos y deshechos, huimos sueltos y desbandados por la selva; y habiéndome extraviado, he llegado hasta este lugar. No me alegro de las devastaciones cometidas por los eimuros; pero no puedo menos de pensar que sin ellas no hubiera vuelto a ver a ningún hombre de mi raza. ¡Señor Viana, os aseguro que el día de hoy ha sido uno de los más afortunados de mi vida!
—¿Esperáis reuniros pronto con los tupinambás?