El hombre de fuego
El hombre de fuego —Y espero que también vendréis vosotros. He comprendido que la pretensión de llegar hasta los establecimientos castellanos de Venezuela era una locura, y he renunciado a ese proyecto.
—Pues bien; vayamos a ver a esos tupinambás, con tal que no nos tuesten en las parrillas.
—¡Oh! ¿A los hermanos del hechicero? ¡Me tienen demasiado miedo para atreverse a tal cosa! Tengo fama de ser el pyaie más poderoso de la comarca.
—¿Cuándo partiremos?
—Es demasiado tarde para emprender el viaje, señor. Pasaremos aquà la noche, y mañana veremos si está franco el camino y nos dirigiremos hacia el Oeste. Los eimuros no acostumbran a detenerse mucho en ningún lugar, y pronto volverán a sus selvas.
—Entonces preparemos una buena cama y durmamos; pero nada más que con un ojo —dijo Alvaro.
—SÃ, como los marineros cuando hacen la guardia —agregó el castellano.