El hombre de fuego
El hombre de fuego Sintió un ruido lejano, que habrÃa pasado inadvertido para oÃdo menos ejercitado que el suyo. Le pareció que era un numeroso grupo de hombres que atravesaban la selva.
Sacudió ligeramente con la mano la cabeza de Alvaro y le dijo:
—¡Despertaos, señor Viana!
El portugués, que no tenÃa el sueño muy pesado abrió repentinamente los ojos y se sentó, clavando la mirada en el marinero de SolÃs.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—¡Qué vienen!
—¿Quién?
—No sé si los eimuros o los que huyen de ellos. A lo que me parece son hombres, y muchos, los que atraviesan la selva, y no serÃa prudente seguir durmiendo.
—¡Ah, diablo! ¡Estaba durmiendo tan a gusto!
—En estas tierras hay que estar siempre dispuestos a huir. La tranquilidad no ha existido aquà nunca.
—¿Conviene que nos vayamos?
—No —respondió el castellano.
Alvaro le miró con asombro.
—Entonces, ¿para qué me habéis despertado?
—Para buscar un refugio más seguro.
—¿Sin huir de aqu�