El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—No hace falta. Con frecuencia he engañado, andando muy pocos pasos, a los indios que me seguían los pasos para matarme y asarme. Aquí tenemos un árbol que nos será utilísimo, y que depistará a los indios que nos sigan el rastro. Despertad al grumete, y no perdamos tiempo.

Oyéndolos hablar, García se había despertado. Prevenido del peligro que corrían, se limitó a decir:

—¡Bah! ¡Tenemos los arcabuces, y sabremos hacer un buen recibimiento a esos antropófagos!

—¿Y los restos de la hoguera? —preguntó Alvaro mientras se disponían a trepar a la enorme summameira.

—Dejad sus cenizas, y hasta los tizones —respondió Díaz—. Más bien servirán para despistar y confundir a los salvajes.

Había allí bejucos, sipos, que pendían del árbol y que servían a maravilla para escalarlo, pues el tronco, que era enorme, no podía abarcarse.

Los dos portugueses y el castellano se aprovecharon de ellos para ascender hasta las ramas. Después los cortaron para impedir a los salvajes servirse de ellos; pero se guardaron de dejarlos caer al suelo para que no denunciaran su presencia.


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