El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Era una embarcación de muy poco tonelaje; pero en aquel tiempo el tamaño de las naves y su armamento eran de poca importancia para el caso. Un viaje de cinco o seis meses no asustaba a los marinos portugueses ni a los castellanos, acostumbrados como estaban a hacer la travesía a Asia y a América en barquichuelos insignificantes, que hoy no se atreverían a salir siquiera del Mediterráneo.

Alvaro Correa, que tantas veces se había entusiasmado con los maravillosos relatos de los viejos navegantes que habían seguido a Alburquerque a la India y a Cabral al Brasil, se embarcó in dudar un momento que llegaría al punto a donde se dirigía, y soñando en conquistar reinos, como Cortés y Pizarro.

Por desgracia, y como entonces sucedía con harta frecuencia, las naves que se dirigían a América se inclinaban excesivamente hacia el Sur, para evitar las peligrosas calmas de la zona tórrida. Ya Cabral, treinta y cinco años antes, dirigiéndose a la India Oriental, había ido a dar en América, descubriendo por pura casualidad el Brasil, cuya existencia era entonces completamente ignorada.

La misma suerte cupo a la carabela de Correa. Empujada cada vez más hacia el Sur por los vientos alisios, se había desviado tanto de su rumbo, que perdió por completo el que debiera conducirla a las Antillas.


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