El hombre de fuego
El hombre de fuego Por añadidura, le sorprendió una borrasca, y a pesar de los esfuerzos de la tripulación fue a estrellarse contra los escollos de aquella bahÃa desconocida.
Dejamos a Alvaro y al grumete en un momento muy crÃtico, que agravó todavÃa más un segundo movimiento de descenso de la nave, signo indudable de la proximidad de la catástrofe.
Ya la carabela, completamente desguazada, no era más que un leño que amenazaba desaparecer de un momento a otro, pues, a pesar de que habÃa calmado algo el viento y de que el cielo tenÃa mejor cariz que hasta entonces, la mar seguÃa aguadÃsima. Sin embargo, Alvaro confiaba en que la nave podrÃa resistir algún tiempo, por hallarse sujeta la quilla entre las peñas del arrecife.
—Quizá podamos esperar a que pase por completo el temporal —dijo a GarcÃa, que le interrogaba con los ojos— y bien podrá suceder que quede de esta pobre nave algo que más adelante nos sirva para construir una almadÃa o cualquiera otra cosa parecida en que embarcarnos para atravesar esta ensenada.
—Yo soy un buen nadador, señor Correa —dijo el rapaz.
—Y yo también; pero no tengo malditas las ganas de que me coman los tiburones; a lo menos, por ahora. Me han dicho que hay muchas en las aguas del Brasil, y bien sabes la voracidad de esos animales.