El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿Y nuestros compañeros?
—Precisamente estoy buscándolos con la vista, y no descubro ninguno.
—¿Habrán muerto todos?
—No lo creo. Se habrán guarecido en aquella selva para no ser descubiertos por los salvajes.
—Que son muy crueles, según dicen; ¿es cierto, señor?
—Se comen a cuantos tienen la mala suerte de naufragar en sus riberas.
El grumete sintió un escalofrÃo que no pasó inadvertido para su interlocutor.
—¿Tienes miedo, rapazuelo?
—¡SÃ, señor; mucho miedo! A un tÃo mÃo que iba de marinero con Cabral se lo comieron los indios de Puerto Seguro hace treinta y cinco años.
—Tienes razón para tener miedo, querido GarcÃa; pero todavÃa no nos tienen en sus manos los salvajes. Además, no desembarcaremos sin armas. A bordo hay arcabuces, y también algunos barriles de pólvora. Pero veamos en qué lugar hemos naufragado.
Alvaro ascendió por la escala que conducÃa al alcázar, que las olas habÃan perdonado hasta entonces, y ya arriba, se subió en una caja para dominar mejor los alrededores.