El hombre de fuego
El hombre de fuego Era tan maravilloso el espectáculo que se ofreció a sus ojos, que no pudo menos de proferir un grito de admiración. La tempestad habÃa llevado a la carabela a una especie de golfo tan espléndido, que Correa no habÃa visto en su vida nada semejante.
Era una inmensa ensenada de treinta millas o más de perÃmetro, bordeada por alturas cubiertas de soberbio arbolado, y en cuyas orillas se abrÃan acá y allá centenares de preciosas ensenadas, también cubiertas de vegetación.
A la derecha se extendÃa el continente; a la izquierda habÃa una isla de gran tamaño, cubierta de palmas[3], y en el centro, multitud de islotes, a cual más pintoresco, verdaderos jardines diseminados por el golfo.
Cinco o seis rÃos de ancha boca vertÃan en él sus aguas, luchando furiosamente contra el oleaje que trataba de contenerlas.
—¡Qué maravilloso paÃs! —exclamó Alvaro entusiasmado—. Hasta ahora no me habÃa fijado en él. ¡Lástima que esté habitado por esos feroces antropófagos, que tan particularmente estiman la carne de los hombres de raza blanca! Es un plato precioso que no abunda en el paÃs, por ahora a lo menos. Subamos algo más, y veamos si algún marinero ha podido salvarse.
HabÃa quedado en pie un trozo de palo mayor que sostenÃa la cofa.