El hombre de fuego

El hombre de fuego

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El señor Correa trepó hasta ella por una de las cuerdas con agilidad que sorprendió al grumete.

Desde aquella altura se dominaba toda la bahía, y se distinguía perfectamente la costa más próxima, que sólo distaba entre setecientos y ochocientos pasos.

Veíase una hoguera, en torno de la cual unos cuantos hombres casi desnudos se ocupaban en secar sus ropas.

—¡Los marineros de la carabela! —exclamó Alvaro alegremente—. ¡Tanto más celebro que se hayan salvado esos desdichados, cuanto que los daba por muertos!

Haciendo portavoz con las manos las llevó a la boca, y lanzó por tres veces un «¡ohé!» prolongado.

Al oír aquel grito se levantaron los náufragos y se acercaron a la orilla, que las olas seguían batiendo con furia.

Eran como una docena, y varios de ellos cojeaban. Entre ellos estaba el viejo piloto, que parecía el menos maltratado de todos.

—¡Señor Correa! —gritó, esperando a que se deshiciese una ola enorme que se acercaba rápidamente—. ¿Sigue hundiéndose la nave?

—¡Ya no se mueve!

—¡Arrojáos al agua, y tratad de ganar la tierra a nado!


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