El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Por ahora me encuentro bien aquí, y no pienso en desembarcar hasta que la mar esté tranquila —respondió el joven.

—¡Tened cuidado, no sea que el mar os lleve! ¡Está todavía furioso!

—¡Me guardaré de los golpes de mar!

—Si podéis, preparad por lo menos una almadía.

—Es precisamente lo que pienso hacer. ¡Adiós, piloto, y procurad que no os sorprendan los salvajes!

Descendió de la cofa, y dijo al grumete, que le esperaba ansiosamente en la cubierta:

—Hasta ahora todo va bien. Busca un hacha y construyamos una almadía. El huracán parece que pasará pronto, y quizá esta misma tarde podamos dirigirnos a tierra sin ningún peligro.

—Hay varias hachas en el camarote del piloto —respondió García.

—Y madera y cuerdas tampoco han de faltarnos. Pero me parece oportuno que tratemos de restaurar nuestras fuerzas tomando alguna cosa. Espero que encontraremos algo con qué lastrar el estómago.

—Sé dónde está la despensa, señor.

Mientras el muchacho bajaba al sollado, Alvaro se entretuvo en examinar la carabela todo en redondo para ver si se hallaba en estado de aguantar el embate de las olas que la asaltaban sin tregua.


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