El hombre de fuego
El hombre de fuego Ya no se hundía. Parecía tan bien encallada, que no era posible que volviera a salir a flote. Lo dudoso es que pudiera resistir mucho tiempo sin hacerse pedazos.
Tenía los costados completamente desguazados, y a cada golpe de mar perdía algún madero.
El mar entraba por los anchos boquetes que había en la obra muerta, y salía en forma de cascada por otro boquete que se había abierto en la amura, después de remover toda la carga de la bodega.
—¡Está condenada a desaparecer! —dijo Alvaro—. Será cuestión de pocos días, como no sea de horas.
¡Qué lástima! ¡Con sus restos hubiera podido construirse una gran chalupa capaz de transportarnos a las Antillas!
¿Qué vamos a hacer en estas regiones, tan apartadas de las que ocupan los hombres de nuestra raza? ¡Quisiera saber cómo va a acabar todo esto!
Se encogió de hombros y compuso su rostro para tranquilizar al muchacho, que en aquel momento subía del sollado cargado con un canasto lleno de galleta y tocino.
—Es todo lo que he encontrado, señor Alvaro —dijo el rapaz.