El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Tus camaradas se alegrarían mucho de tener a mano una cosa semejante; por más que en la costa brasileña abundan los árboles frutales.

Ya iba a tomar asiento en unos barriles, cuando oyeron la voz del viejo piloto:

—¡Señor Correa! ¡Señor Correa!

El tono de la voz era profundamente angustioso.

Alvaro se puso de un salto en la amura de babor, desde donde podía distinguir la orilla sin necesidad de subir a la cofa.

En aquel mismo instante salieron terribles alaridos del bosque que cubría la costa por aquella parte parecían rugidos de fieras.

Pálido, y presa de la más viva emoción, Alvaro dirigió la vista hacia el lugar donde poco antes estaban los marineros náufragos.

Ya no estaban allí. Corrían desesperadamente por la orilla, gritando hasta desgañitarse:

—¡Socorro!

—¡Los salvajes!

—¡Señor Alvaro!

—¡Los tenemos encima!

Volaban por el aire flechas que iban a clavarse en la espalda y en los costados de los fugitivos.

—¡Señor —exclamó el mozo, que se había puesto pálido como la cera—, están matando a nuestros compañeros!


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