El hombre de fuego
El hombre de fuego Una turba de hombres medio desnudos, con larga cabellera suelta sobre la espalda, y la cabeza adornada con plumas de varios colores, salían del bosque dando gritos espantosos.
Eran por lo menos cincuenta, de estatura superior a la media, robustos, con piel de color de ladrillo, surcada de rayas rojas y negras que les daban aspecto pavoroso. Llevaban también la cara adornada con plumas a modo de bigotes, sostenidas por alguna materia pegajosa. Unos iban armados con clavas de seis pies de largo y uno de ancho, con el filo dentado como sierras; arma formidable, muy bastante para matar a un hombre de un solo golpe. Otros llevaban bastones huecos, soplando por los cuales lanzaban unas a modo de flechas, seguramente emponzoñadas, porque el marinero a quien herían caía al suelo revolcándose desesperadamente para no volver a levantarse.
Al ver huir a los náufragos, los brasileños se habían precipitado a toda carrera tras ellos, temiendo, sin duda, que trataran de embarcarse.
Con un terrible golpe de maza rompían el cráneo del que había caído herido de flecha, y proseguían su desenfrenada carrera detrás de los otros.