El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Correa contemplaba horrorizado aquella matanza, sin que le fuera posible hacer nada por impedirla. Cierto es que había arcabuces a bordo; pero de nada servían, porque las armas de fuego tenían muy poco alcance en aquel tiempo.

Aunque se hubiera arrojado al agua, con riesgo de estrellarse en los arrecifes, su ayuda habría sido completamente inútil, y los brasileños hubieran contado con una víctima más.

En vano gritaba y amenazaba. Los aullidos de los salvajes y el fragor de las olas apagaban su voz.

—¡Deteneos, canalla! —gritaba—. ¡Deteneos, o en cuanto me acerque no dejaré uno de vosotros con vida!

Los brasileños no habían advertido siquiera la presencia del portugués y de su joven compañero; ni aun parecía que se hubieran dado cuerna de la cercanía de la carabela; tan embargados estaban por la cacería de los náufragos.

Aquella cacería no podía durar mucho, porque los salvajes corrían como gamos.

De los doce marineros sólo quedaban cinco, que se habían refugiado en la cima de una escollera y trataban de defenderse desde allí a pedradas. Entre ellos estaba el piloto, a quien la inminencia del peligro había puesto alas en los pies.


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