El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Una descarga de flechas hizo caer a tres de ellos. En seguida se precipitaron los salvajes con las mazas enarboladas sobre los dos que quedaban, y los tendieron a sus pies convertidos en un informe montón de carne sangrienta y huesos destrozados. Una gritería feroz saludó la caída de los dos últimos portugueses.

—¡Miserables! —exclamó Alvaro horrorizado—. ¡Son bestias feroces más que hombres!

—Señor —dijo el mozo con voz trémula—, ¿vendrán ahora a matarnos a nosotros?

—Me parece que ni siquiera nos han visto.

—¡Procuremos que no nos vean, señor!

—¡Quisiera que viniesen! —respondió Alvaro—. ¡Tenemos aquí arcabuces, y podríamos vengar a tus pobres compañeros!

—¡No los llaméis, señor Alvaro!

—¡Sin embargo, daría cualquier cosa por arcabucearlos!

—¿Y qué harán ahora con los cadáveres de nuestros camaradas?

—Se los comerán. ¡Mira!

Los brasileños recogieron los cuerpos de los marineros, y los trasladaron al lugar donde aún ardía la hoguera que el piloto había encendido.

Mientras unos llevaban ramas secas y pencas de coco, otros iban disponiendo ordenadamente esos materiales combustibles en torno de las llamas.


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