El hombre de fuego
El hombre de fuego Cerca de ellas habÃan alineado los doce cadáveres, después de quitarles las pocas ropas que llevaban encima y de depilarlos perfectamente, valiéndose para el caso de unos cuchillos de concha que debÃan de estar afiladÃsimos y cortar admirablemente.
Después los lavaron con agua del mar. Construyeron en seguida unas gigantescas parrillas con gruesas ramas verdes, y tendieron sobre ellas los doce cuerpos, alimentando y avivando el fuego.
Cuando vieron los cuerpos envueltos en llamas, aquellos feroces canÃbales se agarraron de las manos y se entregaron a una danza desenfrenada.
Saltaban como cabras, con extravagante movimientos de cabeza y de hombros, y feroces aullidos, mientras dos o tres de ellos, puestos en cuclillas, soplaban furiosamente en una especie de pÃfanos hechos con tibias humanas, produciendo una música salvaje.
—¡Parecen demonios! —dijo el mozo arrimándose a Alvaro, que contemplaba con profundo disgusto aquella horrible escena.
—SÃ, demonios que tendrÃa mucho gusto en mandar al infierno a cañonazos —respondió el joven—. ¡Nos tocará a nosotros la misma suerte!
—¿Desembarcaremos, señor?
—No tendremos otro remedio, si no queremos morir de hambre y de sed o ser hechos trizas por las olas.