El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿No podrÃamos costear el Brasil hasta llegar al golfo de Méjico?
—¿En una almadÃa? ¡No llegarÃamos nunca! Además, tendrÃamos que desembarcar de cuando en cuando, y siempre estarÃamos expuestos a caer en manos de los antropófagos.
—Pero ¿son canÃbales todos los habitantes de estas tierras?
—Casi todos, querido.
—¿Qué va a ser, pues, de nosotros?
—No lo sé de cierto —respondió Alvaro—. Lo que sà te digo es que, teniendo arcabuces, no nos dejaremos matar impunemente.
Sé que todos los salvajes tienen miedo a las armas de fuego, por no comprender la razón del estampido que producen: pudiera suceder que estos mismos se espantasen de ellas.
—No debemos desembarcar hasta que esos bárbaros se hayan ido bien lejos.
—No seré tan imbécil que me exponga a sus golpes. Supongo que no se quedarán acampados toda la vida en la playa, y que volverán a sus aldeas.