El hombre de fuego
El hombre de fuego Terribles aullidos interrumpieron esta plática. Sin duda, los cocineros encargados de asar a los hombres blancos habían avisado a sus compañeros que el banquete estaba listo, porque la danza terminó de pronto, y todos volvieron hacia la hoguera, dando muestras de frenética alegría.
Sacaron a los marineros del medio chamuscado asador por medio de largas pértigas armadas de guijarros en las puntas, y los tendieron sobre lechos formados con hojas gigantescas.
Un indio viejo que llevaba adornado el pecho con varias sartas de dientes de animales feroces, y los brazos con pulseras de oro, después de pronunciar un discurso de ocasión, despedazó con un hacha de pedernal los miembros de los hombres asados, y repartió los trozos entre los comensales. A uno le entregaba una cabeza; a otro, una pierna; a otro, un muslo, y así sucesivamente.
—¡Canalla! —exclamó Alvaro, que no podía contemplar tranquilo aquel atroz espectáculo—. ¡Y no poder impedir semejante atrocidad! ¡No mires. García, porque vomitarías cuanto tienes en el cuerpo!