El hombre de fuego

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Volvióse a la banda de babor para ver las olas que seguían entrando por la boca de la bahía y azotando el casco del barco; pero, no pudiendo refrenar su curiosidad, de cuando en cuando dirigía la mirada hacia el grupo de los salvajes, por más que aquella escena de canibalismo le inspirase a él, tanto como a su compañero, invencible horror.

Habíanse arrojado los salvajes sobre los restos de los marineros con la avidez de fieras hambrientas que no han comido en una semana. Con tanta prisa hicieron trabajar las mandíbulas, que pocas horas después no quedaba de los pobres náufragos más que un montón de huesos y calaveras.

Ya hartos, se habían sentado a la sombra de las palmas para hacer la digestión de aquel copioso banquete.

Sólo dos o tres de ellos, por exceso de precaución, se habían encaramado en la cima de un peñasco para vigilar las cercanías; pero miraban más hacia el bosque que hacia la bahía. No era probable, sin embargo, que hubiera pasado inadvertida para ellos la carabela, que aún sobresalía de la superficie del agua lo bastante para ser vista claramente desde el lugar en que se hallaban, a pesar de que el mar la ocultara algunas veces tras nubes de espuma.


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