El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Aquella tranquilidad inquietaba más a Alvaro que un asalto. Muchos eran cincuenta; pero unas cuantas descargas pudieran ser bastantes para contenerlos, y hasta para infundirles tal pavor, que renunciaran para siempre a combatir con enemigos provistos de armas tan formidables.

También temía que esperasen refuerzos para asaltar el barco con mayores probabilidades de triunfo.

—¡Pobre muchacho! —dijo al mozo, que le dirigió una mirada interrogadora—. ¡Guardémonos de cerrar los ojos! ¡Esos tunantes no nos dejarán tranquilos!

—¿Acaso sabrán que hay gente en esta carabela?

—Creo que sí.

—¿Y a qué esperan para atacarnos?

—Probablemente, esperarán canoas. Sé, por el pobre piloto, que todos estos ribereños del Brasil usan canoas hechas con troncos socavados, y que se sirven de ellas con prodigiosa habilidad.

—¡Ay, señor! ¡Siento que se me hiela la sangre pensando que tenemos que pelear con esos salvajes!

—¡No es este momento para amilanarse, rapazuelo! —dijo Alvaro—. Si quieres salvar el pellejo, es preciso que me ayudes con todas tus fuerzas. ¿Sabes tirar con el arcabuz?

—Sí, señor; soy hijo de un soldado.


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