El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Ve, pues; trae todas las armas que encuentres, y preparémonos para la defensa. Mientras no se tranquilice el mar, por bien que los brasileños sepan manejar las canoas, no se atreverán a acercársenos. Si el mar está bravo para nosotros, también lo está para ellos.

Algo animado por las palabras del valeroso joven, García registró toda la parte accesible del barco; pero, por desgracia, estaba muy mal provisto de armas. Quizás las hubiera en la cámara común de proa; pero no era posible buscarlas por aquel lado, que estaba completamente invadido por el agua.

Todo el armamento de que podían disponer se reducía a cinco arcabuces, de los cuales tres estaban inservibles, un par de espadones herrumbrosos y unas cuantas hachas. En cambio, abundaban las municiones; nuestros exploradores descubrieron cuatro barriles de pólvora, destinados quizás a algún cacique indiano, y muchos sacos de balas.

El mozo se echó a cuestas todas estas armas suficientes para dos personas, las trasladó a la cubierta, y las puso a los pies de Alvaro.

El joven examinó los arcabuces como inteligente que era en la materia, y echó a un lado los inservibles.


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