El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Tenemos los necesarios —dijo—. Temía que se hubieran mojado las municiones; pero, ya que abundan, según me dices, daremos una buena lección a esos comedores de carne humana si se atreven a asaltar la carabela.

Cargó los dos arcabuces, y después miró a los salvajes.

Todo seguía en el mismo estado que antes. Los caníbales continuaban dormitando tranquilamente a la sombra de las palmas, sin hacer ningún caso de la carabela. Sólo sus centinelas habían mudado de sitio, encaramándose en un peñón más alto que el que antes ocupaban, y desde el cual podían dominar toda la bahía.

No miraban tampoco hacia la carabela, sino hacia la boca de uno de los ríos que desembocaban en la bahía, como si esperasen o temiesen algo por aquella parte.

—¡Esperan las piraguas; no tengo duda! —dijo Alvaro con acento que indicaba viva inquietud.

—¡No saldremos llanamente del paso! ¡Es imposible que se vayan sin visitar antes la carabela!

Y volviéndose al mozo añadió:

—¡Rapazuelo, no perdamos tiempo, y, alejémonos en cuanto se calmen las olas!

—¿Y qué debemos hacer?

—Construir una almadía.

—Estoy pronto a ayudaros, señor Alvaro.


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