El hombre de fuego
El hombre de fuego Gesticulaban animadamente al comunicarse sus ideas, y empuñaban sus pesadas mazas y las volteaban furiosamente en el aire.
Por fortuna, a ninguno de ellos se le ocurrió levantar los ojos hacia la summameira. La sospecha de que el hombre blanco pudiera haberse escondido entre las frondosas hojas del árbol no le habÃa pasado a ninguno de ellos por las mientes.
Varias horas estuvieron discutiendo a su manera, y después Alvaro y sus compañeros los vieron echar mano a las armas y desaparecer en la selva divididos en varios grupos.
—Buscan mis huellas —dijo DÃaz cuando los hubo perdido de vista y todo entró en silencio.
—¿Cómo se explica esta terquedad? —preguntó Alvaro—. ¿Será quizás el deseo de probar carne de piel blanca?
—No —respondió el marinero—. Creo que, aun cayendo en sus manos, mi vida no correrÃa ningún peligro.
—Explicaos.
—He sabido por los tupinambás que han luchado con ellos que su pyaie fue muerto de un flechazo en un reñido combate.
Creo que me han perseguido tantos dÃas para hacerme hechicero de su tribu.