El hombre de fuego
El hombre de fuego Es probable que haya llegado hasta ellos la noticia de que los tupinambás tienen un hechicero de piel blanca, y que su obstinación en perseguirme obedezca al empeño en apoderarse de mÃ.
De otro modo no me explico esta cacerÃa. Porque ¿qué significa para ellos un hombre? ¡Apenas unos cuantos bocados!
—Voy creyendo eso mismo, DÃaz —respondió Alvaro—. ¿Volverán?
—No lo dudo. Cuando se persuadan de que no hay huellas mÃas en la selva, volverán a presentarse.
—¿Y si nos descubriesen?
—Nunca sospecharán que estamos tan cerca de ellos. ¡Ah, malditos! ¡No me habÃa acordado de los carayas! ¡Esos son los que van a denunciar nuestra presencia!
Aunque hubiesen perdido a su director de orquesta, que ya habÃan digerido los europeos, los cuadrumanos habÃan comenzado de nuevo su concierto nocturno.
Al ver que nadie los molestaba se encaramaron en las ramas más altas del enorme vegetal y reanudaron su estrepitosa sinfonÃa, inflando enormemente el gaznate para gritar con mayor fuerza.
—¡Mil demonios! —exclamó Alvaro—. ¡No me acordaba ya de estos calamitosos monos!
—Que son un gravÃsimo peligro para nosotros, señor Alvaro —dijo DÃaz.