El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿Por qué?
—Porque si vuelven los eimuros, al oÃr el alboroto de esos monos tratarán de cazarlos, y nos descubrirán. Debiéramos matar a esos charlatanes antes de que vuelvan los salvajes.
NecesitarÃamos trepar hasta las ramas más altas y emprenderla con ellos a cuchilladas, empresa dificilÃsima y sumamente peligrosa. Yo no me atreverÃa a emplear los arcabuces.
—¿Y no contáis con mis armas? —preguntó DÃaz.
—¡Vuestras armas! —exclamó Alvaro—. Sólo tenéis un canuto que ni siquiera puede servir de bastón.
—Ahora os demostraré cuán peligroso puede ser ese tubo, especialmente lanzando con él una flecha envenenada con el jugo del vulrari.
—¡Vulrari! ¿Qué es eso?
—Un veneno activÃsimo, que mata a un hombre en menos de la cuarta parte de un minuto, y a un mono, en el acto. ¿Queréis verlo?
—¿Y caerán al suelo los monos? Porque en tal caso nos delatarán igualmente.
—No —contestó el marinero—. Quedarán suspendidos de la cola. Los carayas no se caen ni aun después de muertos. ¡Ahora veréis!