El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Díaz se descolgó del hombro aquella especie de tubo que hasta entonces había tomado Alvaro por un bastón, o a lo menos por un venablo, por más que carecía de punto capaz de hacer heridas.

Era la famosa gravatana de los brasileños, o sea una cerbatana formada con dos pedazos de madera perfectamente ahuecados y unidos por una fibra de yacitura, instrumento bastante pesado y de unos dos metros de largo. En su extremo lleva una especie de boquilla formada por un tarugo de madera pegada con resina.

Díaz sopló dentro, después desenvolvió un trozo de piel que llevaba suspendida de la cintura, y sacó una diminuta flecha constituida por el nervio de una hoja, en uno de cuyos extremos llevaba una espina agudísima revestida por una sustancia parda, y en el otro una mota de algodón probablemente sacado del bombax coiba, árbol muy común en el Brasil.

—¿Está envenenada? —preguntó Alvaro.

—¡Y con qué veneno! —contestó el marinero—. Los tupinambás poseen el secreto del curare, o mejor todavía, del vulrari, por lo cual son muy temidos, pues no todas las tribus brasileñas saben obtenerlo.

—Pero los monos cazados de ese modo envenenarán a quien se los coma.

—No, señor —respondió el marinero—. El vulrari puede tomarse sin peligro por la boca.


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