El hombre de fuego
El hombre de fuego Es completamente inofensivo por vÃa digestiva, y puede comerse tranquilamente la carne del animal cazado con estas flechas minúsculas.
Pero ya tenemos ahà a los carayas disponiéndose a comenzar su concierto. ¡Los haré callar!
DÃaz introdujo en la cerbatana una de las flechas, cuidando de que el pequeño copo de algodón se ajustase perfectamente al tubo. Después aplicó los labios a la embocadura de la cerbatana, y apuntó a las ramas más altas de la summameira.
Se oyó un leve silbido apenas perceptible, y uno de los cantores hizo repentinamente un ademán como de rascarse.
La finÃsima flecha, lanzada con habilidad extraordinaria, se le habÃa clavado en el dorso.
—¡Mirad con atención! —dijo DÃaz mientras introducÃa una segunda flecha en la cerbatana.
El cuadrumano no cantaba ya, aunque tenÃa la boca abierta. La abrió todavÃa más, como si bostezase; después, cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, se irguió, arrolló rápidamente la cola a una rama, y cayó columpiándose cómicamente a treinta metros del suelo.
—¡Mil demonios! —exclamó Alvaro—. ¡Ha sido una muerte fulminante!