El hombre de fuego
El hombre de fuego —El vulrari no perdona —respondió el marinero—. Pero todavÃa quedan ahà arriba más monos, y tengo unas veinte flechas. ¡Despachemos antes de que vuelvan los eimuros!
Lanzó una segunda flecha, después una tercera, y sucesivamente tantas cuantos monos que daban sin errar una sola vez el tiro.
Dos minutos después habÃan callado los pobres cuadrumanos. PendÃan de las ramas como frutas, sin dar la menor señal de vida.
—Y ahora, ¿qué decÃs de este tubo, que os parecÃa un sencillo bastón? —preguntó DÃaz.
—Que vale más que nuestros arcabuces —contestó Alvaro, que aún no habÃa salido de su asombro.
—Mata sin hacer ruido —dijo el marinero.
¡Lástima que me queden poquÃsimas flechas! Por más que conozco el secreto para fabricar el vulrari. Más adelante os proveeré también a vosotros de cerbatanas.
No es difÃcil destilar ese veneno, conociendo las plantas de donde se extrae.
—¿Quién os lo ha enseñado?
—Un viejo cacique de los tupinambás. Es un secreto que se transmite sólo a los pyaies, y que todos los demás ignoran. Allà tenéis por qué los indios no podrÃan hacer nada sin mÃ.