El hombre de fuego
El hombre de fuego —Decidme, DÃaz: ¿sabrÃan los eimuros que erais poseedor de ese secreto?
—Quizás —respondió el marinero—. ¡Ah, ya vuelven! ¡Los oigo atravesar la selva! ¡No quisiera que nos descubriesen!
—¡Bah! ¡Ni siquiera sospechan que estamos aquÃ!
—¿Y los monos? —preguntó GarcÃa, que habÃa bastante el castellano para entender lo que decÃan.
—Ninguno de ellos los descubrirá pendientes de las ramas, ocultos como están por el follaje —respondió el marinero.
Los eimuros volvÃan a la clara. ParecÃan furiosos por no haber hallado trazas del pyaie blanco.
Los grupos fueron llegando unos tras otros y se reunieron alrededor del fuego, que aún no se habÃa apagado.
MugÃan como fieras, y mostraban su rabia empuñando las mazas y volteándolas en el aire como si se preparasen para el combate.
—Están furiosos —dijo el marinero—. ¡Buscad, buscad, que no encontraréis mis huellas!
—¿Y no se decidirán a marcharse? —preguntó Alvaro.
—No estamos mal aquà arriba, señor. El follaje es espesÃsimo, y no pueden vernos.