El hombre de fuego
El hombre de fuego Era un animal de figura muy rara, como hemos dicho; del tamaño de un perro de Terranova, pero de patas mucho más cortas y cuerpo más largo, que remataba en una cola hermosÃsima, en extremo peluda, como de un metro de largo, y que el animal llevaba levantada.
También tenÃa el cuerpo cubierto de pelos largos y sedosos, de color pardusco, y estaba adornado de una larga raya negra de bordes blancos que corrÃa sobre la espina dorsal en toda su longitud.
Pero lo más curioso de aquel animal era la cabeza, de forma sutil acabada en punta, y, cosa rara, desprovista de boca. Verdaderamente no le faltaba la boca, porque en el lugar de ella tenÃa un pequeño agujero del cual pendÃa una lengua larguÃsima terminada en una aguda saeta, y que parecÃa formada por una materia extremadamente viscosa.
—¡Qué bicho más raro! —exclamó Alvaro a media voz—. Un animal que no tienen boca, no debe de tener tampoco dientes. ¿Cómo comerá ese desgraciado?
—Sin embargo, como veis, está bien gordo —contestó DÃaz.
—¿Qué animal es ése?
—Un tamandúa[8].
—¿Y se come?