El hombre de fuego
El hombre de fuego —Pero lo construirán, sin duda. Se han propuesto alcanzarme, y os aseguro que no me dejarán. ¡Corramos, pues, mientras tengamos fuerzas!
—¡Bandidos! —exclamó Alvaro, que estaba de muy mal humor—. ¡PodÃan siquiera haber esperado a que acabáramos de almorzar!
Emprendieron de nuevo la carrera, internándose más y más en la interminable selva, que iba haciéndose cada vez más fragosa y salvaje, y no pararon hasta que se sintieron impotentes para dar un paso más.
Los tres estaban rendidos, especialmente el grumete.
—Descansemos un poco, y pensemos en lo que hay que hacer —dijo Alvaro—. Hemos andado media docena de millas, y probablemente los eimuros no habrán logrado todavÃa construir el puente y pasar el rÃo. ¡No deben de ser muy hábiles esos brutos en tales construcciones! ¿Qué decÃs de esto, DÃaz?
—Que por el momento estamos seguros.
—El rÃo es ancho, y un árbol de cuarenta o cincuenta metros no se derriba fácilmente con hachas de piedra o de concha; pero de seguro mañana estarán ya aquÃ, o quizás esta noche.
—¿Estamos lejos todavÃa de las aldeas de los tupinambás?