El hombre de fuego
El hombre de fuego Aquellos bribones, que por lo visto habÃan conseguido dar con la pista de los fugitivos, se disponÃan a asaetearlos desde la otra orilla.
Alvaro, que no querÃa abandonarlo todo, echó mano al asado y corrió tras el marinero, que parecÃa tener alas en las piernas, según el paso que llevaba. Poco detrás de ellos iba GarcÃa, que se habÃa apoderado de la carne de la tortuga.
Por fortuna para los náufragos, los eimuros no podÃan seguirlos.
Aquel rÃo, por más que fuera vadeable, era para ellos un obstáculo enorme y no era fácil construir un puente en pocos minutos, especialmente para hombres que no tenÃan más que hachas imperfectas hechas con gruesas conchas o con pedernal.
—¡No corráis tanto! —dijo Alvaro al marinero, viendo que los eimuros no se atrevÃan a pasar el rÃo—. ¿Queréis matarme con esta carrera? Contad, además, con que, gracias a Dios, no estamos desarmados ni nos faltan municiones.
—¡No nos detengamos, señor! —respondió DÃaz—. Aprovechemos el tiempo que nos dejan para interponer entre ellos y nosotros el mayor, espacio posible. Corren como ciervos, y cuando hayan construido un puente nos seguirán sin darnos un momento de tregua.
—El puente no lo han construido todavÃa.