El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Aquí tenemos la fritura! —exclamó alegremente—. ¡Servios, señores!

Habíanse sentado los tres alrededor de la hoja; pero García y Alvaro vacilaban.

Aquella fritura de hormigas no les despertaba el apetito.

—¡Probadla, señor Viana! —dijo el marinero.

Alvaro se decidió al fin, estimulado por el buen olor que el plato despedía.

—¡Exquisitas! —exclamó, después de comer algunas—. ¡Son más delicadas y sabrosas que los cangrejos de mar![9]. ¡Come, García, y aprende a estimar la cocina de los salvajes brasileños!

En pocos minutos desapareció la fritura.

—¡Venga el asado! —iba a decir el marinero; pero la última palabra de esa frase sólo pudo pronunciarla a medias.

Una flecha había cruzado silenciosamente la pequeña clara, yendo a clavarse en un árbol próximo adonde Alvaro estaba.

—¡Diablos! —exclamó el marinero, levantándose precipitadamente—. ¡Los eimuros! ¡Corramos!

Habíanse presentado de pronto en la orilla opuesta del río unos cuantos salvajes, en quienes al momento reconoció el marinero a sus encarnizados perseguidores.


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