El hombre de fuego
El hombre de fuego Mientras García seguía cociendo galletas de mandioca y Alvaro se ocupaba en asar una pierna del tamandúa, que poco a poco iba tomando color dorado, el marinero había conseguido matar a la tortuga, dándole varios golpes formidables.
Echó a un lado la carne del pobre crustáceo, que más tarde había de servirles para hacer otro asado sabrosísimo, limpió perfectamente la mitad superior de la concha, y la puso sobre las brasas, echando dentro de ella gruesos trozos de la grasa del tamandúa para que se derritiesen.
Durante algún tiempo esa concha resiste perfectamente las llamas sin quemarse.
El marinero, cuando vio que el asado estaba casi hecho y la grasa bien liquidada, dijo:
—Preparemos la fritura, que será el primer plato. El tamandúa vendrá después.
Abrió el saco, y lo vació en la concha. Las pobres térmitas, que eran unas hermosas hormigas de más de una pulgada de largo, cayeron en la grasa hirviente, revolcándose desesperadamente durante algunos instantes.
Esparcióse por el aire un olor muy agradable, como el del pescado frito.
Cuando creyó el marinero que habían hervido bastante, fue vaciándolas con una espátula de madera que había hecho para el caso, y poniéndolas en una hermosa hoja de palma.