El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Qué hombre tal hábil! —exclamó Alvaro al verle dirigirse al río—. ¡Ha aprovechado bien su estancia entre los salvajes! ¡Los salvajes! ¡Saben más que nosotros, y podemos llamarlos maestros de los europeos!

Había acabado de desollar al tamandúa, cuyo cuerpo estaba cubierto por una capa de grasa como un lechón o un osezno bien cebado, cuando vió al marinero que volvía cargado con una tortuga que tendría como medio metro de largo, con la concha de color pardusco cubierta de manchas rosadas e irregulares y formada de trece láminas superpuestas.

—Pero ¿no acabaréis nunca de proveer nuestra despensa? —le dijo Alvaro.

—Habría perdonado a esa tortuga si hubiera tenido vasija que nos sirviese para la fritura —respondió el marinero—. Ya le había echado el ojo cuando estuvimos a la orilla del río acechando al tamandúa.

—¿Y cómo podrá servirnos de vasija?

—La concha sustituirá a la que nos falta. ¡A trabajar, cocineros! ¡Ni los emperadores romanos se regalaron como vamos a regalarnos nosotros! ¡Muy pronto vais a verlo!


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