El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Con pocos golpes recogió unas cuantas docenas de ellas, que echó en el saco, y en seguida se alejó a todo escape seguido por Alvaro, que llevaba a cuestas el tamandúa.

—¡Al campamento y pronto! —exclamó el marinero—. ¡Las tanajuras pudieran tomarla con nosotros y seguirnos!

Emprendieron una carrera desenfrenada a través de la selva, y un cuarto de hora después llegaban al campamento.

—¿Y las galletas? —preguntó Alvaro el ver al grumete muy ocupado delante de la hoguera.

—¡Van, señor, a las mil maravillas! ¡Soy, un panadero de primera fuerza; os lo aseguro! He hecho ya más de quince galletas exquisitas.

—¿Y los eimuros? —preguntó Díaz.

—Nadie se ha presentado en la orilla del río.

—Entonces preparémonos al almuerzo.

—¡Ah! ¿Y la vasija? Me había olvidado de que se nos rompió la que teníamos. ¡Bah! ¡Qué hacerle!… ¡La sustituiremos por alguna otra cosa!

—Señor Viana, desollad el tamandúa mientras voy en busca de una. ¡Mataré dos pájaros de una pedrada!


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