El hombre de fuego
El hombre de fuego Aunque el animal procediese con velocidad sorprendente, no conseguÃa contener a la falange de combatientes que acudÃa a la defensa de la ciudadela.
Muchas tanajuras lograron huir, dispersándose por la selva.
—¡Este es el momento oportuno! —dijo el marinero.
Embocó la cerbatana, en la cual habÃa introducido una flecha envenenada con el vulrari, apuntó un instante y después sopló con fuerza.
El sutilÃsimo proyectil atravesó el aire sin hacer ruido, y fue a clavarse en una de las patas del tamandúa, tan suavemente, que el glotón, completamente absorto en su tarea de tragar hormigas, ni siquiera se dio cuenta del golpe.
Pero no habÃan pasado cinco segundos, cuando alzó bruscamente la cabeza, sacudió un temblor todo su cuerpo, barrió dos o tres veces el suelo con la cola, y cayó como herido por el rayo entre la muchedumbre de térmitas que le rodeaban: tan rápido es el efecto de aquel poderoso veneno.
—¡Encargaos del tamandúa y huid con él a escape, si no queréis probar los mordiscos de las hormigas! —dijo el marinero.
Dio un rápido salto adelante llevando en una mano un pedazo de hoja seca de palma que podÃa servir de espátula, y se puso en medio de las térmitas.