El hombre de fuego
El hombre de fuego Ya algunos hormigones, alarmados por aquel ruido sospechoso, comenzaban a salir, cuando el tamandúa interrumpió bruscamente su trabajo, y mirando en torno suyo, se cubrió con su magnÃfica cola a guisa de escudo.
—¡Se ha percatado de nuestra presencia! —murmuró DÃaz al oÃdo de Alvaro.
—¡Entonces, apresurémonos a cazarlo antes de que se nos vaya! —respondióle el portugués.
—Habéis visto que no es rápido en sus movimientos, y siempre podremos alcanzarle. Además no quiero renunciar a mi fritura, que es un plato exquisito; os lo aseguro. Esperemos, pues, un poco.
El tamandúa estuvo un rato escuchando y manifestando su inquietud con los incesantes movimientos de su magnÃfica cola; pero no viendo ningún enemigo, y creyendo haberse engañado, reanudó su trabajo de demolición, agrandando el agujero que ya habÃa abierto.
Las térmitas, furiosas al verse molestadas, se presentaron amenazadoras en el agujero que el tamandúa habÃa abierto, moviendo rápidamente sus tenazas y dispuestas a morder.
El tamandúa, nada miedoso, alargaba con rapidez su lengua viscosa y absorbÃa tranquilamente a sus enemigos, que desaparecÃan con rapidez por el extraño tubo que le servÃa de boca.