El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Parece imposible que las hormigas puedan levantar semejantes ciudadelas!
—Hormigas grandes, y de la especie más terrible. Los habitantes de esos hormigueros deben de ser tamajuras; estoy seguro.
—¿Son muy grandes?
—Tienen una pulgada y cuatro de largo.
—¡Casi cuatro centÃmetros! Son muy diferentes de nuestras hormigas de Europa.
¡Y cómo pinchan, o mejor, dicho, cómo muerden, y cuán voraces son de carne humana! El hombre a quien sorprenden dormido, no se despierta. Miles de mandÃbulas le atacan por todas partes, y en diez minutos queda reducido a un esqueleto.
—¡Malvadas hormigas!
—¡Hormigas carniceras a las que casi podrÃamos llamar antropófagas, señor!
—¡Estamos en la tierra de ellos! —dijo Alvaro—. Ved al tamandúa atacando a la ciudadela.
El animal se habÃa puesto de pie sobre las patas traseras y habÃa comenzado a desbaratar el primer montÃculo.
Con sus uñas, más afiladas que las de los jaguares arrancaba pedazos de tierra gruesos como guijarros.
En poco tiempo habÃa abierto en el montÃculo formado por las hormigas un agujero de figura casi circular.