El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—En busca de un hormiguero. No tendrá que andar mucho, porque las térmitas abundan en las selvas del Brasil.

—¡Ah, mirad! ¡El tamandúa afloja el paso y ventea el aire! ¡Es que huele el hormiguero!

—¿Y le dejaremos que trabaje libremente?

—Esperaremos a que destruya la ciudadela de las térmitas. Oye, García: ¿quieres volver entretanto a nuestro campamento a prepararnos pan? Ya has visto cómo se hace. De paso puedes vigilar el río.

—Iré al momento. Aquí no hago falta —contestó el muchacho.

Mientras el grumete se alejaba, el tamandúa seguía avanzando con ciertas precauciones hacia un grupo de árboles bajo los cuales había varios montículos de tierra blanquecina de forma cónica, de poco más de un metro de altura y situados unos al lado de otros a modo de casas.

—¡El hormiguero! —exclamó Díaz, qué fue el primero en descubrirle.

—¡Ah! ¿Ahí dentro están las hormigas? —preguntó Alvaro—. ¡No le costará mucho trabajo a nuestro animal demolerlo!

—Esos montículos son duros como piedras —respondió el castellano—. Sin un buen pico, no es fácil destruirlos.


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